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jueves, 19 de enero de 2012

"El vagón de los ciclistas"

Interesante y lúcido artículo de alguien que acostumbra a mostrar cordura, sabiduría y coherencia en sus reflexiones sobre la montaña...

Aquí

viernes, 15 de abril de 2011

"Hacer montaña", por Dani Sánchez

El fallecimiento, el 23 de mayo de 2008, del alpinista Iñaki Ochoa de Olza supuso la desaparición "física" de uno de los montañeros más emblemáticos de los últimos tiempos. El Annapurna se cobró la vida del intrépido navarro.

Iñaki encarnaba como pocos los mejores valores del montañismo. Si enorme dimensión personal, su genuina filosofía de pensamiento, y un modo de vida coherente y acorde con su peculiar manera de entender la existencia le han convertido en un referente inevitable.

A continuación, reproduzco un revelador artículo de Dani Sánchez, publicado en mayo de 2010 en la revista Diagonal y que me ha parecido demasiado interesante como para dejar pasar la ocasión de incluirlo en este blog.




Las montañas de todo el mundo deben estar mirando hacia sus faldas, entre enfadadas y divertida, el espectáculo que las recorre. Carreras y competiciones por ser la primera mujer en alcanzar las 14 cumbres de 8.000 metros. Padres que intentan que su niño de 13 años sea el más joven en llegar al Everest. Miles de botellas abandonadas sin oxígeno. Héroes. Gloria. Ataques a cumbre. Victorias. Derrotas. Palabras que no pertenecen al montañismo. En todo este jaleo alpinístico en el que comienzan a participar grandes empresas y medios de comunicación es cuando la forma de acercarse a la montaña que tenía Iñaki Ochoa de Olza recupera toda su importancia y valor. La pasión y grandeza que sentimos de niños en nuestro primer acercamiento a la montaña es la que mantuvo el alpinista pamplonés en todas sus expediciones, con los ojos bien abiertos, disfrutando de las luces del atardecer, de cada cumbre como si fuera la primera. Para él fue el Monte Lakartxela en el valle de Belagua, para otros el Yelmo de la Pedriza, o el Txindoki en la sierra de Aralar, o el monte más cercano a nuestro pueblo, o aquel campamento en el que nos perdimos, o aquella aventura que terminó en el cuartelillo. Porque realmente esas sensaciones de aventura, de libertad, de descubrimiento y de sorpresa son las que siempre han caracterizado al montañismo, en contra de las marcas, las rivalidades y las medallas que reinan en los deportes de competición. Porque Iñaki sabía que la libertad que él amaba y buscaba a través de las montañas no se encontraba en ser el primero en llegar, ni en acumular menciones ni récords, sino que se encontraba en las cosas cotidianas que le proporcionaba el camino. Compartir sopas de sobre en un iglú zarandeado por el viento, en un lugar donde hay la mitad de oxígeno que al nivel del mar, con un joven sherpa de la aldea de Pangboche era para Iñaki hacer montaña. Recorrer los caminos que llegaban al campo base comiendo chapatis y bebiendo chai, saludando viejos conocidos, tratando de igual a igual a todos, era para Iñaki hacer montaña. Renunciar a cumbres que le habían costado sus ahorros y sus esfuerzos de los últimos meses por ayudar a un amigo o desconocido en problemas era para Iñaki hacer montaña. Pero hasta para las montañas que amaba Iñaki han llegado los tiempos modernos. Esos en los que no se entiende un esfuerzo si no hay un enemigo, en los que no se entiende una vida sin triunfadores y fracasados, en los que no se entiende el hacer las cosas por el sencillo y maravilloso placer de hacerlas. Alpinistas que olvidan el camino y sólo piensan en la gloria. Como si ésta se encontrara a 2.000, 5.000 o incluso 8.000 metros. En un artículo escrito días antes de salir hacia la cumbre del Annapurna, de donde no regresaría, Iñaki resumía su credo: “No hagan mucho caso cuando lean por ahí que pensamos atacar la cima, ya que aquélla no nos ha hecho nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla; a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos, y después continuar nuestro camino agradecidos”.

El peligro



El alpinista pamplonés nunca buscó el aplauso fácil del público, nunca persiguió las carreras alpinísticas, disfrutó a su manera y con los suyos de sus pequeños ‘éxitos’ y regresaba año tras año al Himalaya porque sabía que, aunque asumía riesgos, tampoco en la ciudad nadie le garantizaba nada. Sobre el peligro decía que éste no estaba en las montañas sino “en el colesterol, el hastío, los centros comerciales, la violencia, la soledad no elegida, nuestra clase política, los cánones de belleza aceptados, la burocracia...”. Y así, con ese estilo independiente y esa búsqueda de la libertad y el amor en las montañas fue como se apagó su vida en la Diosa de las Cosechas un 23 de mayo de hace dos años. Una de las muchas veces que Iñaki supo que había que renunciar a la cumbre. Mientras, estos días de mayo, filas interminables de ricos héroes trepan enganchados a sus bombonas de oxígeno la ruta suroeste del Everest. Apoyados por sherpas de altura y con ropas de última tecnología, compran su sueño por un buen puñado de dólares. Buscan la gloria a 8.848 metros. Atacan la cima. Triunfan o fracasan. Cómo explicarles que esas palabras no existían para Iñaki Ochoa. Cómo explicarles que ser montañero no es llegar hasta la cumbre. Cómo explicarles que la grandeza no habita en lo grandote.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Mirada sobre el Guadarrama

Eduardo Martínez de Pisón, catedrático de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid y Premio Nacional de Medio Ambiente, reflexiona en su artículo acerca de la maraña de intereses de todo tipo que pesan sobre la Sierra de Guadarrama, y se lamenta ante los lastres que ello supone para la protección y la conservación de este espacio irrepetible. No es sólo el proyecto de Parque Nacional conjunto entre la Comunidad de Madrid y la Junta de Castilla y León lo que está en juego: es la propia esencia de la Sierra de Guadarrama la que corre el riesgo de sufrir las consecuencias de esta caótica y oportunista lucha de fuerzas.


OTOÑO EN LA SIERRA

Ayer di un paseo desde Cotos hasta la Sillada de Garcisancho, entre pinos vernáculos y venerables, trinos de pájaros y el suelo herboso, aún verde, plagado de setas, de azafranes silvestres y de quitameriendas. El cielo zarco, con la Loma de Pandasco y Peñalara nítidas. Sólo le hacen falta unas lluvias, las de este mismo mes, para que los arroyos corran a recuperar su brío. Todo son huellas y anuncios. El paisaje está ya esperando las nieves y su luz. Las copas de los grandes pinos parecen preparadas a recibir sus silenciosas capuchas blancas, entre colores que se matizan y sombras que se alargan. El aire fino en el collado no duda en ser el del frío que va a venir. Aunque el verano está aún en los prados amarillentos, el invierno se ha instalado en la brisa, en la luz tangente, en la diafanidad de la mañana.

Nadie debería poder quitarnos este tesoro. Aunque bien es verdad también que la Sierra parece con frecuencia (a los hechos me remito) demasiado excelente para quienes la controlan, desean y administran o utilizan como mero instrumento de controversia. Lástima, sobre todo, que nuestros mandatarios regionales, que tanto se precian de serlo en barrios y municipios, tengan tan poco interés en extender su alta estima también a los regatos, las peñas, los bosques o los pájaros (que abundan en sus dominios), no para que les pongan una parada de metro, claro está, sino para preservarlos con la debida seriedad de la parte negra del contagio capitalino. Y este sector oscuro cubre un amplísimo arco desde los tiburones de las finanzas a los grafiteros, cada cual muy eficaz en su materia.

Tras tantos años de debate, no he logrado saber qué Sierra es esa de la que hablan unos y otros, si la de las urbanizadoras o la del esquí o las carreteras o los merenderos o los mercaderes o la vuelta ciclista o la feria cárnica o el alegato político, la administrativa, la productiva, la de los campesinos, la de los periodistas y turistas, la de los veraneantes y residencias secundarias, la de los ganaderos, madereros, picapedreros, cazadores de diversas especies estantes y de paso, poetas, alpinistas con prisa, hombres de ciencia impacientes, funcionarios de los municipios, de la comunidad o del estado, excursionistas de clases pasivas y activas, domingueros, competidores de carreras, betetistas, caballistas, moteros, automovilistas como centellas, camioneros de puerto, hosteleros, gastrónomos, grupos de trabajo o la de los ecologistas polemistas, pero ésta, la de la otoñal Sillada de Garcisancho, la de augusto nombre y silencio, la de los paisajes hondos, la del paisaje sin tiempo, ésta es la mía. Y supongo que la de muchos más, silenciosos individualistas y serenos contemplativos. Recuerdo que Borges escribía, más o menos, que hay lugares que parecen estar queriendo decirnos algo o que ya se lo han dicho a otros, a los que habría que preguntar. Esto me ocurre siempre con el Guadarrama. Pero sé que hay muchos que no escuchan (que no es a escuchar a lo que vienen o van) o que creen que ya lo saben todo y que ya nada necesitan oír. Así hay también una sierra entre sordos que parece muda, cuando, en realidad, no para de hablar.

Yo estoy agradecido a la sierra del silencio, a la del sol y la penumbra bien medidas. A la que posee grandes árboles, claros luminosos, arenas gruesas, raíces nudosas que cruzan los senderos, peñas grises de cristales negros y blancos. La del panorama apacible. La del nubarrón muy gris con una cúspide cegadora. La del trueno que retumba rodando por las largas lomas de las cumbres y se despeña por las laderas opuestas de la montaña. La del letargo en las solanas de los agostaderos y la de las prisas del agua en los barrancos de primavera. La de la laguna que ilumina con luz azul y ondulante las rocas de su orilla y la de la nieve que clarea el pie del cancho en sombra. La de la nieve temprana y tardía que se sacude la rama del pino en un golpe seco. Rocas rugosas, matorrales aromáticos, susurros del viento entre las acículas, parloteo del agua, ruidos leves entre las hojas del rebollar, peñascales dorados, de verdad, muchas gracias. Una vez expuesto lo que pienso, que cada uno diga con palabras claras y veraces cuál realmente es su sierra, la de los consejeros, los alcaldes, los constructores, los ciclistas, y todos los demás que antes he inventariado. Porque un Parque Nacional se hace sobre un paisaje, no sobre un interés determinado, y este Parque no se ha adaptado al final al primero sino a los recortes impuestos por los segundos ¿Deberían votar los paisajes para que les hicieran caso?

Eduardo Martínez de Pisón